Abbie tenía que ir al médico. Se había descubierto un bulto en el pecho y, dados los antecedentes familiares, lo mejor era no dejarlo. Sin embargo había estado posponiendo la cita una y otra vez, pese a que sabía que se quedaría mucho más tranquila en cuanto un especialista la viera. La médica generalista de Abbie, la doctora Mildred Bowdery, era una mujer peligrosa. No en el sentido de que fuera violenta física o verbalmente, sino que era bastante hipocondríaca. Para con los demás. Padecía algo parecido a un síndrome de Münchhausen por poderes, aunque a su manera. No es que infligiera enfermedades a sus pacientes con medicamentos como hubiera sido de esperar, sino que les hacía creer que presentaban graves dolencias. Por supuesto adornaba la visita del supuesto enfermo con inquietantes dudas sobre la naturaleza de los síntomas y presuntas manifestaciones de estos que bien podían deberse a causas menores. Fomentaba tal estado de nerviosismo en sus pacientes que salían de la consulta aterrorizados y con la necesidad vital de conseguir cita con el especialista, si no para el mismo día, para el siguiente. Como no siempre era posible, muchos acababan en los abarrotados servicios de urgencias de los principales hospitales. Las cefaleas se convertían en tumores cerebrales. Las malas digestiones, en anginas de pecho que derivarían en infartos. Los resfriados comunes, en mortales neumonías.
La primera vez que la madre de Abbie la llevó a la doctora Bowdery, fue por las migrañas. Herencia de su familia materna, tanto su madre como su abuela y allí hasta donde podían recordar en su árbol genealógico, se extendía la maldición de las jaquecas. En aquel entonces la joven Mildred no tenía la capacidad de provocar ese estado de ansiedad en sus pacientes, aunque ya les presentaba unos diagnósticos algo exagerados. Como aún era consciente de sus propias barbaridades, evitaba segundas opiniones otorgando menos importancia a las enfermedades que descubría y exhibiendo una gran confianza en sí misma. En aquella primera ocasión, Abbie tenía focos epilépticos. Una gran espada de Damocles pendía sobre su cabeza. En cualquier momento podía desarrollarse la epilepsia y comenzaría a convulsionar. La única manera de evitarlo era tomar una Aspirina cada día. Como el diagnóstico estaba claro y el remedio era muy sencillo, Laureen lo dio todo por válido. Abbie se tomó su dosis diaria hasta la adolescencia, cuando un médico de urgencias que la atendió por un esguince la convenció de no hacerlo.
A Laureen le encantaba Mildred. Nunca dudó de ella. Una de las pocas veces que acertó fue cuando le anunció fríamente que debía realizarse una mamografía porque tenía cáncer de pecho. Como su madre le había cogido mucho cariño y le agradecía tanto el haber descubierto su enfermedad prontamente, Abbie al principio tampoco dudó de ella. Nunca cambió de médico. Incluso cuando se dio cuenta de lo que pasaba. Creyó que era mejor pecar por exceso en cuestiones de salud y que no le haría mal que un especialista la viera cada vez que presentaba algún síntoma preocupante para la doctora. Después de la muerte de su madre, se sentía mejor y más protegida.
Le agradeció mucho a la doctora el haberse preocupado por sus ganglios. Abbie le había pedido un remedio contra el acné porque a sus veinte años todavía tenía que lidiar con los malditos granos. Sin embargo, tras un análisis de sangre para descartar algo más grave, descubrió que tenía altos los niveles de linfocitos. Al hojear los resultados, Mildred se abalanzó sobre una asustada Abbie. Casi la tiró de la silla. La agarró fuerte del cuello y le hundió las uñas como si intentara arrancarle la tráquea. Estaba desatada. Tan pronto como la había cogido, la soltó. Se volvió a su sillón mientras Abbie se frotaba como comprobando si sus garras habían llegado a traspasar su piel. Se miró las manos y no tenía sangre. Por lo menos no le había seccionado la carótida. Miró a la doctora. La mujer suspiraba y negaba con la cabeza. No podía ser, no era justo. Qué lástima de familia, tocada dos veces por el cáncer. Qué pena más grande. El corazón le dio un vuelco. Le preguntó qué ocurría. Tuvo que insistir para hacer volver en sí a Mildred. Finalmente le espetó con la misma frialdad que a su madre que tenía cáncer. Linfoma, esta vez. La remitió al especialista con un informe profusamente descrito y le deseó suerte.
Lo peor que podía sucederle a cualquier paciente de la doctora Bowdery era que el especialista, tras haber leído la historia clínica, creyera firmemente en su diagnóstico previo. Comenzaba entonces el periplo por varias consultas, centros hospitalarios y pruebas exasperantes. La mayoría de las veces los especialistas no daban crédito a lo que habían leído tras un breve examen preliminar. Pero en ocasiones no tenían tanta suerte. Por desgracia para Abbie, sus linfocitos estaban altos y realmente tenía los ganglios inflamados. Ella los recordaba así desde que padeció de mononucleosis a los doce años. Nunca le había dado importancia. Hasta ahora. Luego de la palpación del médico, más cuidadoso y esmerado, y la lectura profunda de los datos del análisis, el doctor le mandó hacerse un nuevo análisis más completo. No le habló de cáncer. Simplemente le comentó que todas las opciones tenían que ser contempladas.
Abbie se sometió estoicamente a una extracción de sangre que bien hubiera dado para una donación. Doce botes de ensayo llenó la enfermera. Abbie miró de reojo al papel que tenía sobre la mesa. El médico pedía el análisis normal pero también había señalado apartados como marcadores tumorales, enfermedades de transmisión sexual y recuentos hepáticos. También leyó Mantoux, aunque ignoraba lo que significaba. No tardaría en averiguarlo. La asistente le contó que le iba a pinchar una solución que le crearía una pápula en el brazo. Como Abbie no la entendía, le explicó que era la prueba de la tuberculosis y que se realizaba comúnmente a los pacientes infectados con VIH. Con esta inyección, se creaba una pompa en la piel dentro de la cual quedaba el líquido. Si había una reacción, significaría que había estado en contacto con el virus. Si desaparecía sin más, no estaba infectada. Para evitar posibles dudas, pintó un círculo alrededor con un rotulador indeleble y citó a Abbie para dos días después. Se marchó de allí mareada y preocupada. No por la tuberculosis, sino porque la prueba se hiciera a los seropositivos.
Cuando a los dos días la pápula se marchó sin dejar rastro, Abbie se presentó en la consulta. La enfermera certificó el resultado negativo. El médico esta vez dejó de lado el informe de la doctora Bowdery e interrogó a la veinteañera como sus padres nunca lo habían hecho. Con quién se acostaba, cada cuánto y con cuántos, qué se metía, en qué sitios había estado, si conocía a algún seropositivo… Las preguntas eran directas y el doctor era implacable. Le pareció estar horas allí aunque no pasaran más de cinco minutos. No sabía si era mejor la posibilidad del cáncer o la cabezonería de este hombre con el SIDA. Él le aseguró que podrían tener los resultados en varias semanas, que se pondrían en contacto con ella y dejó que se marchara angustiada. Rumiaba si podía ser cierto que estuviera infectada y no pudo dormir hasta que la llamaron.
Ya le había sonsacado a quien la llamó que no era seropositiva, por lo que acudió a la consulta mucho más calmada. La tempestad estaba por llegar. Desechado el VIH, el especialista se había centrado en el resto del análisis. Los linfocitos aumentaban y sin embargo el resto de los datos no daban ninguna pista. Pidió una radiografía del tórax y el cuello con vistas a poder observar mejor los ganglios linfáticos. Tras otra semana de espera, Abbie volvió a visitar al médico. Para su desesperación le informó de que el tamaño de los ganglios hiliares era el justo para ser estudiados. Así que le mandó hacerse una tomografía. Luego de semanas de espera, tanto para realizarle la prueba como para que llegaran los resultados, se vio con el doctor nuevamente. Todo parecía estar bien. No contento con eso, volvió a mandarle otro análisis de sangre completo.
Otros doce tubos más tarde, Abbie le comentó al médico que su abuela había tenido hipotiroidismo. No sabía si podía tener relación con sus linfocitos, pero a esas alturas ya estaba desesperada por saber si realmente le pasaba algo. Esto le valió otro pinchazo más. Finalmente y tras meses de visitas al especialista, éste no era capaz de dar un diagnóstico. Los análisis presentaban una tasa de linfocitos elevada, aunque menor que en la ocasión anterior. Hechas todas las pruebas pertinentes, sentó a Abbie en la silla y le preguntó si se encontraba bien. Recordando que ella fue a ver a la doctora por su acné, que había mejorado sin la ayuda facultativa, le contestó que estaba estupenda. El médico garabateó en un papel su diagnóstico: linfocitosis relativa crónica inespecífica. Lo que venía a decir que Abbie tenía más linfocitos de lo normal, pero no tantos como para preocuparse mucho, que siempre iba a ser así y que no sabía a qué se debía. Total, que estaba estupenda. Y tenía que agradecerle a Mildred el chequeo tan completo que le habían hecho durante este tiempo.
Tras varios episodios similares, Abbie realmente no dejó de querer visitar a Mildred Bowdery hasta el día en que tuvieron que correr a urgencias porque se le salió el cerebro por la nariz. Viviendo ya con James, mientras comía se le cayó un tenedor al suelo. Se agachó a cogerlo y notó que le goteaba mucho la nariz. Había estado muy resfriada la semana anterior, así que era normal que le saliera esa maldita agüilla que cae cuando menos uno lo espera. Para lo que no estaba preparada era para el color. Al limpiarse con la servilleta, descubrió que la había dejado impregnada de un líquido amarillo fosforescente muy intenso. Como había tomado un suplemento de vitamina C durante ese tiempo, pensó que el color se debía a la medicina. Sin embargo, tras dos horas de goteo incesante, decidió acercarse a la consulta de su doctora, que estaba al final de la calle.
La recibió sin cita previa y observó muy atentamente los pañuelos que Abbie le presentaba como muestra. Le preguntó si se había dado algún golpe en la cabeza y ella recordó que el día anterior fue tan torpe al meterse en el coche que chocó contra el marco de la puerta. No había sido nada grave. Un pequeño toque. Mildred se levantó alarmada y le espetó que tenía que correr al hospital a salvar su vida porque se le estaba saliendo el líquido cefalorraquídeo por una fisura del cráneo que conectaba con las fosas nasales. Abbie corrió. Mucho. Sacó a James de la cama y se fueron al hospital. Él conducía como un loco. Ella lloraba.
En urgencias les atendió un doctor en prácticas que, obviamente, creyó sin dudar el apresurado informe de la doctora Bowdery. La tiraron sobre una camilla y se la llevaron a hacerle una tomografía. A los pocos minutos, el radiólogo les intentaba calmar porque él no veía nada inusual en la prueba. Se lo comunicó asimismo al joven médico que, para estar seguro, prefirió esperar a la neuróloga de guardia. Cuando llegó no miró las radiografías. Ya había corrido el rumor de la chica sin cerebro que iba andando por el hospital tan campante. Miró a Abbie, observó la rojez de sus agujeros nasales y lo despellejados que estaban después del resfriado. Atisbó los pañuelos en su mano y se los pidió. Al acercárselos sus labios dibujaron una sonrisa de superioridad: el líquido cefalorraquídeo es transparente. Le preguntó a Abbie cómo había llegado allí. Luego maldijo todos los falsos tumores cerebrales que le llegaban de esa vieja bruja y remitió a la paciente al otorrino. Otra sinusitis. Sin embargo, y tras muchos años, ese día seguiría siendo recordado por Alex y Marie como aquel en el que a Abbie se le salió el cerebro por la nariz.
Parada en la puerta de la consulta, recordando sus historias con la doctora Mildred Bowdery, decidió no entrar. No estaba dispuesta a bromear con la enfermedad que se había llevado a su madre. Esa misma tarde pediría cita para el médico de James. Echó un último vistazo a la puerta de Mildred y giró sobre sus pasos deteniéndose unos metros más adelante. Sacó un pañuelo del bolso. Otra vez el puto cerebro saliéndose por la nariz.