martes, 6 de septiembre de 2011

Abbie y la ladrona

Abbie estaba sentada peligrosamente en el filo de la silla. El juego de mantenerse al borde del ridículo batacazo la mantenía alerta. El policía la miraba absorto sin creer lo que oía. Ella suspiró resignada. No era la primera vez que se plantaba ante un uniforme estirado a relatar barbaridades. Una detrás de otra. La primera hasta la recordaba con cariño. Llevaba puesta una blusa blanca un tanto transparente que dejaba adivinar el sujetador que le había comprado James por su cumpleaños. Abbie no sabía si los ojos que la escrutaban con tanto interés estaban intentando asimilar lo absurdo de la historia o si por el contrario imaginaban el tacto suave de sus pechos. No es que tuviera un gran escote, pero el canalillo de Abbie podía obrar milagros. Por lo menos en aquella ocasión salió de la comisaría con más autoestima.

Ahora era diferente. No había blusa, sino jersey de cuello vuelto. Y no estaba el ánimo para seducir a la autoridad. Fue James el que se dio cuenta de que algo raro pasaba. El padre de Abbie solía llamarla todos los días. Eran comunicaciones cortas. Básicamente consistían en primero preguntarse por el estado del otro y segundos después gritarse. Ella no podía soportarlo. Descolgar el teléfono y oír la voz de su padre borracho todos los días a cualquier hora había acabado con la poca paciencia que le quedaba. Él se defendía alegando ser un adulto libre para hacer lo que le viniera en gana y amenazando con no volver a llamar. Sin embargo esa semana no sonó el teléfono. James no le tenía mucho apego a su suegro, pero le inquietaba la falta de noticias. Cuando habló con Abbie intentó no darle importancia. Pero ella cogió inmediatamente el móvil.

Ernest estaba tumbado en la cama. Por supuesto no recordaba cómo había llegado allí. Ni le importaba. Lo que le apetecía era dormir. Para conseguirlo había añadido varias pastillas al alcohol que todavía rondaba por su cuerpo. No importaba lo que se tomara. El dolor no se iba. Seguía ahí día tras día, año tras año. Y para colmo ese ruido… Tardó en darse cuenta de que era el teléfono. ¿Quién sería a estas horas? No esperaba la llamada de Madhuja. No tan pronto al menos. Un rayo de luz entre las tinieblas de la pasada noche: lo llamó y quedaron en el Mackenzie’s. Como ella llegó tarde, él ya se había tomado tres pintas. Estuvieron mucho más tiempo allí, bebiendo y charlando. El resto permanecía entre sombras.

La conversación fue más corta que de costumbre. Después de saludarse él preguntó si vendrían a comer el fin de semana. Abbie contestó que el sábado le venía bien. Se despidieron y colgaron. James blasfemó entre dientes, aunque al mismo tiempo se sintió algo más relajado. Por lo menos estaba vivo y no tirado en cualquier cuneta. Ella le reprochó su gesto recalcándole que era su padre pese a todo, a lo que siguió una respuesta en forma de lista de ocasiones en las que Abbie había sufrido un ataque de nervios. De cualquier forma, cuando cogieron el coche para ir a cenar a casa de Alex y Marie, ninguno abrió la boca. Se limitaron a mirar al frente con el ceño fruncido y a pensar en los futuros problemas que Ernest podía llegar a causar.

Pese a los repetidos intentos de James de cancelar la cita del sábado y las pocas ganas que tenía Abbie de aparecer por casa de su padre, a mediodía estaban entrando por la puerta. Ernest no había llamado en toda la semana, pero ella no creía que su padre hubiera olvidado la cita. Cuando lo vieron él tenía todos los síntomas de haber bebido durante la mañana. Ella se molestó, como siempre. Le había pedido en reiteradas ocasiones que no se emborrachara si ella iba a verle. Que por lo menos esos pocos ratos que pasaban juntos a lo largo del mes se mantuviera sobrio. Además le pedía que no tomara vino durante la comida. Sin embargo raras veces hacía caso. Normalmente los encuentros que empezaban así acababan con Abbie saliendo de la casa pegando un portazo y James mirando a su suegro con cara de desprecio. Aún así, como durante la semana ella había insistido en ir, se quedaron a comer. La mirada que compartieron fue esperanzada en que el trago pasara pronto.

Como era difícil mantener a Abbie tranquila ante la perspectiva que tenían para esa tarde, James optó por pedirle que echaran un vistazo a los cuadros que tenían almacenados en su antiguo cuarto. Ella, meticulosa y enfermizamente ordenada, descubrió que una de sus pinturas no estaba como ella la había dejado. Pese a que su padre tenía contratada a una limpiadora por horas, el hecho de que no hubiera llamado durante las semanas anteriores le hizo sospechar. Había algo más. Encontró una colilla tras los cuadros. Anna no fumaba. Además tendría cierta ironía que fuera dejándose las colillas en el suelo que limpiaba. Eso le hizo pensar que no había venido en cierto tiempo. Extrañada, preguntó a su padre. Éste le dijo que habría sido Anna, que no había entrado nadie más en la casa. Después de esa mentira apresurada y dubitativa, Abbie decidió registrar su propio cuarto.

En uno de los cajones encontró una cajita donde guardaba varios pendientes desparejados, unas fotos de sus abuelos y algunos dientes de leche. Ciertamente ella no era de las personas que conservaría los dientes de sus hijos. Su madre sí lo había sido y, en cierto modo, para Abbie eran más recuerdos de su madre que de ella misma. Tirarlos no le había parecido bien así que los acabó dejando en la pequeña cajita verde entre los jerseys de invierno, tal y como su madre había hecho. Lo que extrañó a la pareja fue que apareció junto a la ropa de verano. Entre los manojos de bikinis de la adolescente Abbie, que conservaba con todo cariño aunque dudaba de si podría ponérselos otra vez, brillaba la laca verde del pequeño tesoro. Faltaban las perlitas. 

Eran los únicos ejemplares de los que todavía conservaba los dos: unos pequeños pendientes de oro con unas perlas engarzadas. De cuando Abbie era un bebé. Lo demás no era más que bisutería y faltaba siempre uno de la pareja. Pero estos estaban completos. Sabía que estaban guardados ahí. Nunca los había movido. Fue su madre quien le regaló la cajita cuando era pequeña. Le dijo que sería su joyero y metieron las perlitas, como las llamaba ella, y alguna que otra baratija. Al perder Abbie su primer diente, también lo puso allí. 

Miró a James con la cara descompuesta. Al explicarle lo que faltaba, él la urgió a comprobar si estaban en el joyero de su madre. Se temían lo peor, aunque no se lo hubieran dicho. Abbie corrió al dormitorio de su padre. Por una vez obvió la cama deshecha y el olor a alcohol que desprendían las sábanas. Abrió la cómoda y removió toda la ropa buscando la caja de latón donde su madre prefería esconder las joyas. Cuando la encontró la abrió con tanta fuerza que esperaba que todo saliera por los aires. No fue así. Abbie sólo acertó a decir «mamá». 

James salió corriendo al encuentro de su suegro. Abbie oyó como le gritaba a su padre que dónde había metido las joyas. Pese a todo, se levantó y se dirigió a la balda en la que estaban los Grandes Clásicos de la Literatura Universal. Abrió Les Fleurs du Mal. Su padre ocultaba el dinero ahí. Aunque tuviera cuentas en los bancos y tarjetas de crédito era incapaz de lidiar con tanta modernidad y, como hombre de campo que era, sacaba lo necesario para el mes. Abbie no salía de su asombro. En el décimo día del mes no había más que un billete de cincuenta libras. 

Llegaron de la cocina y vieron a Abbie sentada en la cama con el libro abierto. Ernest le preguntó qué hacía. ¿Por qué diablos esta niña había registrado los cajones de su cómoda y había cogido el libro del dinero? No entendía nada. James miraba con aprensión a su suegro. Por supuesto ellos no lo creían capaz de empeñar las joyas de su mujer, aunque sí que podría haberse bebido todo el dinero del mes o incluso haberse olvidado de sacar dinero. No tendría sentido deshacerse de los recuerdos de Laureen. Su cuenta corriente pasaba de sobra las cinco cifras y el estado le ingresaba una pensión de mil quinientas libras mensuales, de las que le sobraban la mitad. Sabían que alguien le había robado. Tras preguntarle, por segunda vez en el día, quién había estado allí, él les habló de Madhuja.

Cuando Abbie le hubo contado los antecedentes de su padre al policía, aderezados con algunas de sus historias más surrealistas, hizo un alto al llegar a Madhuja. El agente no salía de su asombro mientras le relataba el accidente con el camión o el asalto al vecino, así que decidió darle una tregua. Sacó de su enorme bolso una botella de agua y se la tomó entera. La nueva «conquista» de su padre era una prostituta de origen indio que había llegado a Londres a finales de los noventa. Ernest nunca quiso decírselo abiertamente, pero cada explicación que daba de cómo y dónde la había conocido y de por qué dejó que entrara en su casa lo iba llevando de una mentira a otra. Abbie también le dijo al policía que había descubierto que su padre había quedado más de una vez con ella. No hubo nada más que coger el móvil. Las dos últimas semanas había llamado a esa mujer dos o tres veces al día. En una de sus visitas debió de hacerse con la copia de las llaves que había colgadas en la cocina.

Después de que le tomaran declaración esperó a que saliera su padre. A saber qué habría dicho. Posiblemente se inventaría una nueva historia de cómo había entrado Madhuja en su vida, lo bien que le había venido, lo enamorados que estaban o lo abandonado que lo tenía su hija. Cualquier cosa menos aceptar que había estado pagando por sexo a una mujer que además le había robado. Abbie pensaba que su padre realmente se creía que estaban enamorados. Lo acercó a su casa. Ni siquiera hubo una despedida. Simplemente quedaron para ir a la mañana siguiente a cambiar la cerradura e ir al banco.

Sentados en la sucursal el móvil de Ernest sonaba insistentemente. Éste lo había mirado para ver quién era, pero no contestó. Abbie, intranquila, le arrebató el móvil de las manos y vio que la ladrona estaba llamando. Le hizo a su padre cogerlo, no sin antes advertirle de que hiciera como si no hubiera descubierto su juego, y le obligó a quedar con ella en el Mackenzie’s. Mordió el anzuelo. Salieron apresuradamente del banco mientras Abbie marcaba el número que le había dado el policía. Le contó que le habían lanzado el cebo a Madhuja y que ésta había picado. El agente les dijo que fueran a su encuentro en tanto que llegaban. Al pasar por la estación de metro, Ernest cogió fuertemente del brazo a Abbie. Ella se paró en seco. Señaló a la acera de enfrente por donde andaba una gruesa mujer muy morena y vestida con una especie de túnica talar de color blanco y un chal de vivas tonalidades rojas.

Madhuja andaba apresuradamente de camino al Mackenzie’s. Al llegar a la altura del hotel, se pegó a la fachada y miró hacia el bar. Ernest no estaba allí todavía. Se metió en el Marks&Spencer y se colocó en el escaparate, de manera que podría ver al hombre en cuanto apareciera. No se había percatado de que Abbie y su padre ya habían doblado la esquina y la observaban desde lejos. Mandó a su padre a la taberna a esperarla y decidió ir a la casa. Si tenía un cómplice, de seguro estaría allí buscando algo más de valor. Ernest se sentó en el Mackenzie’s y, mientras conversaba con el camarero de confianza y le pedía una pinta, no se percató de que Madhuja había dejado el supermercado en dirección a su casa.

Abbie había entrado y comprobado que no había nadie. No les había dado tiempo a cambiar la cerradura con lo que se limitó a esperar pacientemente frente a la puerta. Al poco rato, oyó el tintineo de unas llaves. Pero no era el ruido que tan bien conocía de su padre. Abrió la puerta con vehemencia, con lo que arrastró al interior a la mujer, que seguía aferrada al pomo. Al preguntarle a la mujer quién era y qué hacía con las llaves de su casa, le lanzó tal mirada que Madhuja no supo qué contestar. La invitó a entrar y a esperar a la policía allí. La sorprendida ladrona estaba tan confusa que pasó a la salita y se sentó en el sofá.

Descubrió en la mano de la ladrona un monedero que había pertenecido a su hermana. Furiosa, le preguntó cómo lo había conseguido. Madhuja rápidamente mintió lo mejor que supo y le contestó que había sido un regalo de cumpleaños de la hermana. Abbie se abalanzó sobre ella gritándole que llevaba muerta dos años y de seguro la hubiera alcanzado de no ser porque sonó el timbre. Cambió de rumbo y se dirigió a la puerta, donde encontró al agente que le había atendido con una compañera.

En un momento estaban forcejeando con Madhuja. Les costó reducirla un buen rato. No paraba de gritar que tenían que llamar a su amigo. No era ninguna ladrona, era sólo una buena mujer que se había encariñado de un viejo y disfrutaba haciéndole compañía. Como los policías la ignoraban, empezó a pedir socorro y simuló un ataque epiléptico. Abbie empezaba a estar preocupada por la salud de la mujer. Sin embargo, los agentes les dijeron que estas reacciones eran de lo más comunes. Cuando consiguieron ponerle las esposas y tranquilizarla, la sentaron en una silla y registraron pacientemente su bolso. Era necesario encontrar algún objeto robado dentro para tener más posibilidades de declararla culpable. Hallaron varias pulseras de la madre de Abbie que pudo reconocer. Las de bisutería. No había podido venderlas. Encontraron también las llaves de la casa, que había escondido en el forro del bolso cuando llamaron a la puerta. Se la llevaron detenida y a Abbie le indicaron que el juzgado se podría en contacto con ella.

Se tiró en el sofá rendida. Entonces cayó en la cuenta de que su padre no había dado señales de vida. Lo llamó varias veces al móvil. No tuvo respuesta. Resignada enfiló la calle hacia el Mackenzie’s. Allí lo encontró, borracho y con una mujer de aspecto desgreñado y dudosos hábitos de higiene. No le dijo nada. Condujo hasta su casa y esperó a James sumergida en la bañera con música clásica y velas flotantes.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

El Quijote???????
"Lo que el Viento se llevó" era mucho más poético...

Gracias Cantero, gracias por escribir, por hacer que recordemos para no cometer los mismos errores, gracias por ese baño de música y velas...

Cantero dijo...

Corregido. Se me escapó. Ahora son las flores del mal, que para guardar dinero está bien, ¿no?