martes, 20 de septiembre de 2011

Abbie y la doctora

Abbie tenía que ir al médico. Se había descubierto un bulto en el pecho y, dados los antecedentes familiares, lo mejor era no dejarlo. Sin embargo había estado posponiendo la cita una y otra vez, pese a que sabía que se quedaría mucho más tranquila en cuanto un especialista la viera. La médica generalista de Abbie, la doctora Mildred Bowdery, era una mujer peligrosa. No en el sentido de que fuera violenta física o verbalmente, sino que era bastante hipocondríaca. Para con los demás. Padecía algo parecido a un síndrome de Münchhausen por poderes, aunque a su manera. No es que infligiera enfermedades a sus pacientes con medicamentos como hubiera sido de esperar, sino que les hacía creer que presentaban graves dolencias. Por supuesto adornaba la visita del supuesto enfermo con inquietantes dudas sobre la naturaleza de los síntomas y presuntas manifestaciones de estos que bien podían deberse a causas menores. Fomentaba tal estado de nerviosismo en sus pacientes que salían de la consulta aterrorizados y con la necesidad vital de conseguir cita con el especialista, si no para el mismo día, para el siguiente. Como no siempre era posible, muchos acababan en los abarrotados servicios de urgencias de los principales hospitales. Las cefaleas se convertían en tumores cerebrales. Las malas digestiones, en anginas de pecho que derivarían en infartos. Los resfriados comunes, en mortales neumonías.

La primera vez que la madre de Abbie la llevó a la doctora Bowdery, fue por las migrañas. Herencia de su familia materna, tanto su madre como su abuela y allí hasta donde podían recordar en su árbol genealógico, se extendía la maldición de las jaquecas. En aquel entonces la joven Mildred no tenía la capacidad de provocar ese estado de ansiedad en sus pacientes, aunque ya les presentaba unos diagnósticos algo exagerados. Como aún era consciente de sus propias barbaridades, evitaba segundas opiniones otorgando menos importancia a las enfermedades que descubría y exhibiendo una gran confianza en sí misma. En aquella primera ocasión, Abbie tenía focos epilépticos. Una gran espada de Damocles pendía sobre su cabeza. En cualquier momento podía desarrollarse la epilepsia y comenzaría a convulsionar. La única manera de evitarlo era tomar una Aspirina cada día. Como el diagnóstico estaba claro y el remedio era muy sencillo, Laureen lo dio todo por válido. Abbie se tomó su dosis diaria hasta la adolescencia, cuando un médico de urgencias que la atendió por un esguince la convenció de no hacerlo.

A Laureen le encantaba Mildred. Nunca dudó de ella. Una de las pocas veces que acertó fue cuando le anunció fríamente que debía realizarse una mamografía porque tenía cáncer de pecho. Como su madre le había cogido mucho cariño y le agradecía tanto el haber descubierto su enfermedad prontamente, Abbie al principio tampoco dudó de ella. Nunca cambió de médico. Incluso cuando se dio cuenta de lo que pasaba. Creyó que era mejor pecar por exceso en cuestiones de salud y que no le haría mal que un especialista la viera cada vez que presentaba algún síntoma preocupante para la doctora. Después de la muerte de su madre, se sentía mejor y más protegida.

Le agradeció mucho a la doctora el haberse preocupado por sus ganglios. Abbie le había pedido un remedio contra el acné porque a sus veinte años todavía tenía que lidiar con los malditos granos. Sin embargo, tras un análisis de sangre para descartar algo más grave, descubrió que tenía altos los niveles de linfocitos. Al hojear los resultados, Mildred se abalanzó sobre una asustada Abbie. Casi la tiró de la silla. La agarró fuerte del cuello y le hundió las uñas como si intentara arrancarle la tráquea. Estaba desatada. Tan pronto como la había cogido, la soltó. Se volvió a su sillón mientras Abbie se frotaba como comprobando si sus garras habían llegado a traspasar su piel. Se miró las manos y no tenía sangre. Por lo menos no le había seccionado la carótida. Miró a la doctora. La mujer suspiraba y negaba con la cabeza. No podía ser, no era justo. Qué lástima de familia, tocada dos veces por el cáncer. Qué pena más grande. El corazón le dio un vuelco. Le preguntó qué ocurría. Tuvo que insistir para hacer volver en sí a Mildred. Finalmente le espetó con la misma frialdad que a su madre que tenía cáncer. Linfoma, esta vez. La remitió al especialista con un informe profusamente descrito y le deseó suerte.

Lo peor que podía sucederle a cualquier paciente de la doctora Bowdery era que el especialista, tras haber leído la historia clínica, creyera firmemente en su diagnóstico previo. Comenzaba entonces el periplo por varias consultas, centros hospitalarios y pruebas exasperantes. La mayoría de las veces los especialistas no daban crédito a lo que habían leído tras un breve examen preliminar. Pero en ocasiones no tenían tanta suerte. Por desgracia para Abbie, sus linfocitos estaban altos y realmente tenía los ganglios inflamados. Ella los recordaba así desde que padeció de mononucleosis a los doce años. Nunca le había dado importancia. Hasta ahora. Luego de la palpación del médico, más cuidadoso y esmerado, y la lectura profunda de los datos del análisis, el doctor le mandó hacerse un nuevo análisis más completo. No le habló de cáncer. Simplemente le comentó que todas las opciones tenían que ser contempladas.

Abbie se sometió estoicamente a una extracción de sangre que bien hubiera dado para una donación. Doce botes de ensayo llenó la enfermera. Abbie miró de reojo al papel que tenía sobre la mesa. El médico pedía el análisis normal pero también había señalado apartados como marcadores tumorales, enfermedades de transmisión sexual y recuentos hepáticos. También leyó Mantoux, aunque ignoraba lo que significaba. No tardaría en averiguarlo. La asistente le contó que le iba a pinchar una solución que le crearía una pápula en el brazo. Como Abbie no la entendía, le explicó que era la prueba de la tuberculosis y que se realizaba comúnmente a los pacientes infectados con VIH. Con esta inyección, se creaba una pompa en la piel dentro de la cual quedaba el líquido. Si había una reacción, significaría que había estado en contacto con el virus. Si desaparecía sin más, no estaba infectada. Para evitar posibles dudas, pintó un círculo alrededor con un rotulador indeleble y citó a Abbie para dos días después. Se marchó de allí mareada y preocupada. No por la tuberculosis, sino porque la prueba se hiciera a los seropositivos.

Cuando a los dos días la pápula se marchó sin dejar rastro, Abbie se presentó en la consulta. La enfermera certificó el resultado negativo. El médico esta vez dejó de lado el informe de la doctora Bowdery e interrogó a la veinteañera como sus padres nunca lo habían hecho. Con quién se acostaba, cada cuánto y con cuántos, qué se metía, en qué sitios había estado, si conocía a algún seropositivo… Las preguntas eran directas y el doctor era implacable. Le pareció estar horas allí aunque no pasaran más de cinco minutos. No sabía si era mejor la posibilidad del cáncer o la cabezonería de este hombre con el SIDA. Él le aseguró que podrían tener los resultados en varias semanas, que se pondrían en contacto con ella y dejó que se marchara angustiada. Rumiaba si podía ser cierto que estuviera infectada y no pudo dormir hasta que la llamaron.

Ya le había sonsacado a quien la llamó que no era seropositiva, por lo que acudió a la consulta mucho más calmada. La tempestad estaba por llegar. Desechado el VIH, el especialista se había centrado en el resto del análisis. Los linfocitos aumentaban y sin embargo el resto de los datos no daban ninguna pista. Pidió una radiografía del tórax y el cuello con vistas a poder observar mejor los ganglios linfáticos. Tras otra semana de espera, Abbie volvió a visitar al médico. Para su desesperación le informó de que el tamaño de los ganglios hiliares era el justo para ser estudiados. Así que le mandó hacerse una tomografía. Luego de semanas de espera, tanto para realizarle la prueba como para que llegaran los resultados, se vio con el doctor nuevamente. Todo parecía estar bien. No contento con eso, volvió a mandarle otro análisis de sangre completo.

Otros doce tubos más tarde, Abbie le comentó al médico que su abuela había tenido hipotiroidismo. No sabía si podía tener relación con sus linfocitos, pero a esas alturas ya estaba desesperada por saber si realmente le pasaba algo. Esto le valió otro pinchazo más. Finalmente y tras meses de visitas al especialista, éste no era capaz de dar un diagnóstico. Los análisis presentaban una tasa de linfocitos elevada, aunque menor que en la ocasión anterior. Hechas todas las pruebas pertinentes, sentó a Abbie en la silla y le preguntó si se encontraba bien. Recordando que ella fue a ver a la doctora por su acné, que había mejorado sin la ayuda facultativa, le contestó que estaba estupenda. El médico garabateó en un papel su diagnóstico: linfocitosis relativa crónica inespecífica. Lo que venía a decir que Abbie tenía más linfocitos de lo normal, pero no tantos como para preocuparse mucho, que siempre iba a ser así y que no sabía a qué se debía. Total, que estaba estupenda. Y tenía que agradecerle a Mildred el chequeo tan completo que le habían hecho durante este tiempo.

Tras varios episodios similares, Abbie realmente no dejó de querer visitar a Mildred Bowdery hasta el día en que tuvieron que correr a urgencias porque se le salió el cerebro por la nariz. Viviendo ya con James, mientras comía se le cayó un tenedor al suelo. Se agachó a cogerlo y notó que le goteaba mucho la nariz. Había estado muy resfriada la semana anterior, así que era normal que le saliera esa maldita agüilla que cae cuando menos uno lo espera. Para lo que no estaba preparada era para el color. Al limpiarse con la servilleta, descubrió que la había dejado impregnada de un líquido amarillo fosforescente muy intenso. Como había tomado un suplemento de vitamina C durante ese tiempo, pensó que el color se debía a la medicina. Sin embargo, tras dos horas de goteo incesante, decidió acercarse a la consulta de su doctora, que estaba al final de la calle.

La recibió sin cita previa y observó muy atentamente los pañuelos que Abbie le presentaba como muestra. Le preguntó si se había dado algún golpe en la cabeza y ella recordó que el día anterior fue tan torpe al meterse en el coche que chocó contra el marco de la puerta. No había sido nada grave. Un pequeño toque. Mildred se levantó alarmada y le espetó que tenía que correr al hospital a salvar su vida porque se le estaba saliendo el líquido cefalorraquídeo por una fisura del cráneo que conectaba con las fosas nasales. Abbie corrió. Mucho. Sacó a James de la cama y se fueron al hospital. Él conducía como un loco. Ella lloraba.

En urgencias les atendió un doctor en prácticas que, obviamente, creyó  sin dudar el apresurado informe de la doctora Bowdery. La tiraron sobre una camilla y se la llevaron a hacerle una tomografía. A los pocos minutos, el radiólogo les intentaba calmar porque él no veía nada inusual en la prueba. Se lo comunicó asimismo al joven médico que, para estar seguro, prefirió esperar a la neuróloga de guardia. Cuando llegó no miró las radiografías. Ya había corrido el rumor de la chica sin cerebro que iba andando por el hospital tan campante. Miró a Abbie, observó la rojez de sus agujeros nasales y lo despellejados que estaban después del resfriado. Atisbó los pañuelos en su mano y se los pidió. Al acercárselos sus labios dibujaron una sonrisa de superioridad: el líquido cefalorraquídeo es transparente. Le preguntó a Abbie cómo había llegado allí. Luego maldijo todos los falsos tumores cerebrales que le llegaban de esa vieja bruja y remitió a la paciente al otorrino. Otra sinusitis. Sin embargo, y tras muchos años, ese día seguiría siendo recordado por Alex y Marie como aquel en el que a Abbie se le salió el cerebro por la nariz.

Parada en la puerta de la consulta, recordando sus historias con la doctora Mildred Bowdery, decidió no entrar. No estaba dispuesta a bromear con la enfermedad que se había llevado a su madre. Esa misma tarde pediría cita para el médico de James. Echó un último vistazo a la puerta de Mildred y giró sobre sus pasos deteniéndose unos metros más adelante. Sacó un pañuelo del bolso. Otra vez el puto cerebro saliéndose por la nariz.

martes, 6 de septiembre de 2011

Abbie y la ladrona

Abbie estaba sentada peligrosamente en el filo de la silla. El juego de mantenerse al borde del ridículo batacazo la mantenía alerta. El policía la miraba absorto sin creer lo que oía. Ella suspiró resignada. No era la primera vez que se plantaba ante un uniforme estirado a relatar barbaridades. Una detrás de otra. La primera hasta la recordaba con cariño. Llevaba puesta una blusa blanca un tanto transparente que dejaba adivinar el sujetador que le había comprado James por su cumpleaños. Abbie no sabía si los ojos que la escrutaban con tanto interés estaban intentando asimilar lo absurdo de la historia o si por el contrario imaginaban el tacto suave de sus pechos. No es que tuviera un gran escote, pero el canalillo de Abbie podía obrar milagros. Por lo menos en aquella ocasión salió de la comisaría con más autoestima.

Ahora era diferente. No había blusa, sino jersey de cuello vuelto. Y no estaba el ánimo para seducir a la autoridad. Fue James el que se dio cuenta de que algo raro pasaba. El padre de Abbie solía llamarla todos los días. Eran comunicaciones cortas. Básicamente consistían en primero preguntarse por el estado del otro y segundos después gritarse. Ella no podía soportarlo. Descolgar el teléfono y oír la voz de su padre borracho todos los días a cualquier hora había acabado con la poca paciencia que le quedaba. Él se defendía alegando ser un adulto libre para hacer lo que le viniera en gana y amenazando con no volver a llamar. Sin embargo esa semana no sonó el teléfono. James no le tenía mucho apego a su suegro, pero le inquietaba la falta de noticias. Cuando habló con Abbie intentó no darle importancia. Pero ella cogió inmediatamente el móvil.

Ernest estaba tumbado en la cama. Por supuesto no recordaba cómo había llegado allí. Ni le importaba. Lo que le apetecía era dormir. Para conseguirlo había añadido varias pastillas al alcohol que todavía rondaba por su cuerpo. No importaba lo que se tomara. El dolor no se iba. Seguía ahí día tras día, año tras año. Y para colmo ese ruido… Tardó en darse cuenta de que era el teléfono. ¿Quién sería a estas horas? No esperaba la llamada de Madhuja. No tan pronto al menos. Un rayo de luz entre las tinieblas de la pasada noche: lo llamó y quedaron en el Mackenzie’s. Como ella llegó tarde, él ya se había tomado tres pintas. Estuvieron mucho más tiempo allí, bebiendo y charlando. El resto permanecía entre sombras.

La conversación fue más corta que de costumbre. Después de saludarse él preguntó si vendrían a comer el fin de semana. Abbie contestó que el sábado le venía bien. Se despidieron y colgaron. James blasfemó entre dientes, aunque al mismo tiempo se sintió algo más relajado. Por lo menos estaba vivo y no tirado en cualquier cuneta. Ella le reprochó su gesto recalcándole que era su padre pese a todo, a lo que siguió una respuesta en forma de lista de ocasiones en las que Abbie había sufrido un ataque de nervios. De cualquier forma, cuando cogieron el coche para ir a cenar a casa de Alex y Marie, ninguno abrió la boca. Se limitaron a mirar al frente con el ceño fruncido y a pensar en los futuros problemas que Ernest podía llegar a causar.

Pese a los repetidos intentos de James de cancelar la cita del sábado y las pocas ganas que tenía Abbie de aparecer por casa de su padre, a mediodía estaban entrando por la puerta. Ernest no había llamado en toda la semana, pero ella no creía que su padre hubiera olvidado la cita. Cuando lo vieron él tenía todos los síntomas de haber bebido durante la mañana. Ella se molestó, como siempre. Le había pedido en reiteradas ocasiones que no se emborrachara si ella iba a verle. Que por lo menos esos pocos ratos que pasaban juntos a lo largo del mes se mantuviera sobrio. Además le pedía que no tomara vino durante la comida. Sin embargo raras veces hacía caso. Normalmente los encuentros que empezaban así acababan con Abbie saliendo de la casa pegando un portazo y James mirando a su suegro con cara de desprecio. Aún así, como durante la semana ella había insistido en ir, se quedaron a comer. La mirada que compartieron fue esperanzada en que el trago pasara pronto.

Como era difícil mantener a Abbie tranquila ante la perspectiva que tenían para esa tarde, James optó por pedirle que echaran un vistazo a los cuadros que tenían almacenados en su antiguo cuarto. Ella, meticulosa y enfermizamente ordenada, descubrió que una de sus pinturas no estaba como ella la había dejado. Pese a que su padre tenía contratada a una limpiadora por horas, el hecho de que no hubiera llamado durante las semanas anteriores le hizo sospechar. Había algo más. Encontró una colilla tras los cuadros. Anna no fumaba. Además tendría cierta ironía que fuera dejándose las colillas en el suelo que limpiaba. Eso le hizo pensar que no había venido en cierto tiempo. Extrañada, preguntó a su padre. Éste le dijo que habría sido Anna, que no había entrado nadie más en la casa. Después de esa mentira apresurada y dubitativa, Abbie decidió registrar su propio cuarto.

En uno de los cajones encontró una cajita donde guardaba varios pendientes desparejados, unas fotos de sus abuelos y algunos dientes de leche. Ciertamente ella no era de las personas que conservaría los dientes de sus hijos. Su madre sí lo había sido y, en cierto modo, para Abbie eran más recuerdos de su madre que de ella misma. Tirarlos no le había parecido bien así que los acabó dejando en la pequeña cajita verde entre los jerseys de invierno, tal y como su madre había hecho. Lo que extrañó a la pareja fue que apareció junto a la ropa de verano. Entre los manojos de bikinis de la adolescente Abbie, que conservaba con todo cariño aunque dudaba de si podría ponérselos otra vez, brillaba la laca verde del pequeño tesoro. Faltaban las perlitas. 

Eran los únicos ejemplares de los que todavía conservaba los dos: unos pequeños pendientes de oro con unas perlas engarzadas. De cuando Abbie era un bebé. Lo demás no era más que bisutería y faltaba siempre uno de la pareja. Pero estos estaban completos. Sabía que estaban guardados ahí. Nunca los había movido. Fue su madre quien le regaló la cajita cuando era pequeña. Le dijo que sería su joyero y metieron las perlitas, como las llamaba ella, y alguna que otra baratija. Al perder Abbie su primer diente, también lo puso allí. 

Miró a James con la cara descompuesta. Al explicarle lo que faltaba, él la urgió a comprobar si estaban en el joyero de su madre. Se temían lo peor, aunque no se lo hubieran dicho. Abbie corrió al dormitorio de su padre. Por una vez obvió la cama deshecha y el olor a alcohol que desprendían las sábanas. Abrió la cómoda y removió toda la ropa buscando la caja de latón donde su madre prefería esconder las joyas. Cuando la encontró la abrió con tanta fuerza que esperaba que todo saliera por los aires. No fue así. Abbie sólo acertó a decir «mamá». 

James salió corriendo al encuentro de su suegro. Abbie oyó como le gritaba a su padre que dónde había metido las joyas. Pese a todo, se levantó y se dirigió a la balda en la que estaban los Grandes Clásicos de la Literatura Universal. Abrió Les Fleurs du Mal. Su padre ocultaba el dinero ahí. Aunque tuviera cuentas en los bancos y tarjetas de crédito era incapaz de lidiar con tanta modernidad y, como hombre de campo que era, sacaba lo necesario para el mes. Abbie no salía de su asombro. En el décimo día del mes no había más que un billete de cincuenta libras. 

Llegaron de la cocina y vieron a Abbie sentada en la cama con el libro abierto. Ernest le preguntó qué hacía. ¿Por qué diablos esta niña había registrado los cajones de su cómoda y había cogido el libro del dinero? No entendía nada. James miraba con aprensión a su suegro. Por supuesto ellos no lo creían capaz de empeñar las joyas de su mujer, aunque sí que podría haberse bebido todo el dinero del mes o incluso haberse olvidado de sacar dinero. No tendría sentido deshacerse de los recuerdos de Laureen. Su cuenta corriente pasaba de sobra las cinco cifras y el estado le ingresaba una pensión de mil quinientas libras mensuales, de las que le sobraban la mitad. Sabían que alguien le había robado. Tras preguntarle, por segunda vez en el día, quién había estado allí, él les habló de Madhuja.

Cuando Abbie le hubo contado los antecedentes de su padre al policía, aderezados con algunas de sus historias más surrealistas, hizo un alto al llegar a Madhuja. El agente no salía de su asombro mientras le relataba el accidente con el camión o el asalto al vecino, así que decidió darle una tregua. Sacó de su enorme bolso una botella de agua y se la tomó entera. La nueva «conquista» de su padre era una prostituta de origen indio que había llegado a Londres a finales de los noventa. Ernest nunca quiso decírselo abiertamente, pero cada explicación que daba de cómo y dónde la había conocido y de por qué dejó que entrara en su casa lo iba llevando de una mentira a otra. Abbie también le dijo al policía que había descubierto que su padre había quedado más de una vez con ella. No hubo nada más que coger el móvil. Las dos últimas semanas había llamado a esa mujer dos o tres veces al día. En una de sus visitas debió de hacerse con la copia de las llaves que había colgadas en la cocina.

Después de que le tomaran declaración esperó a que saliera su padre. A saber qué habría dicho. Posiblemente se inventaría una nueva historia de cómo había entrado Madhuja en su vida, lo bien que le había venido, lo enamorados que estaban o lo abandonado que lo tenía su hija. Cualquier cosa menos aceptar que había estado pagando por sexo a una mujer que además le había robado. Abbie pensaba que su padre realmente se creía que estaban enamorados. Lo acercó a su casa. Ni siquiera hubo una despedida. Simplemente quedaron para ir a la mañana siguiente a cambiar la cerradura e ir al banco.

Sentados en la sucursal el móvil de Ernest sonaba insistentemente. Éste lo había mirado para ver quién era, pero no contestó. Abbie, intranquila, le arrebató el móvil de las manos y vio que la ladrona estaba llamando. Le hizo a su padre cogerlo, no sin antes advertirle de que hiciera como si no hubiera descubierto su juego, y le obligó a quedar con ella en el Mackenzie’s. Mordió el anzuelo. Salieron apresuradamente del banco mientras Abbie marcaba el número que le había dado el policía. Le contó que le habían lanzado el cebo a Madhuja y que ésta había picado. El agente les dijo que fueran a su encuentro en tanto que llegaban. Al pasar por la estación de metro, Ernest cogió fuertemente del brazo a Abbie. Ella se paró en seco. Señaló a la acera de enfrente por donde andaba una gruesa mujer muy morena y vestida con una especie de túnica talar de color blanco y un chal de vivas tonalidades rojas.

Madhuja andaba apresuradamente de camino al Mackenzie’s. Al llegar a la altura del hotel, se pegó a la fachada y miró hacia el bar. Ernest no estaba allí todavía. Se metió en el Marks&Spencer y se colocó en el escaparate, de manera que podría ver al hombre en cuanto apareciera. No se había percatado de que Abbie y su padre ya habían doblado la esquina y la observaban desde lejos. Mandó a su padre a la taberna a esperarla y decidió ir a la casa. Si tenía un cómplice, de seguro estaría allí buscando algo más de valor. Ernest se sentó en el Mackenzie’s y, mientras conversaba con el camarero de confianza y le pedía una pinta, no se percató de que Madhuja había dejado el supermercado en dirección a su casa.

Abbie había entrado y comprobado que no había nadie. No les había dado tiempo a cambiar la cerradura con lo que se limitó a esperar pacientemente frente a la puerta. Al poco rato, oyó el tintineo de unas llaves. Pero no era el ruido que tan bien conocía de su padre. Abrió la puerta con vehemencia, con lo que arrastró al interior a la mujer, que seguía aferrada al pomo. Al preguntarle a la mujer quién era y qué hacía con las llaves de su casa, le lanzó tal mirada que Madhuja no supo qué contestar. La invitó a entrar y a esperar a la policía allí. La sorprendida ladrona estaba tan confusa que pasó a la salita y se sentó en el sofá.

Descubrió en la mano de la ladrona un monedero que había pertenecido a su hermana. Furiosa, le preguntó cómo lo había conseguido. Madhuja rápidamente mintió lo mejor que supo y le contestó que había sido un regalo de cumpleaños de la hermana. Abbie se abalanzó sobre ella gritándole que llevaba muerta dos años y de seguro la hubiera alcanzado de no ser porque sonó el timbre. Cambió de rumbo y se dirigió a la puerta, donde encontró al agente que le había atendido con una compañera.

En un momento estaban forcejeando con Madhuja. Les costó reducirla un buen rato. No paraba de gritar que tenían que llamar a su amigo. No era ninguna ladrona, era sólo una buena mujer que se había encariñado de un viejo y disfrutaba haciéndole compañía. Como los policías la ignoraban, empezó a pedir socorro y simuló un ataque epiléptico. Abbie empezaba a estar preocupada por la salud de la mujer. Sin embargo, los agentes les dijeron que estas reacciones eran de lo más comunes. Cuando consiguieron ponerle las esposas y tranquilizarla, la sentaron en una silla y registraron pacientemente su bolso. Era necesario encontrar algún objeto robado dentro para tener más posibilidades de declararla culpable. Hallaron varias pulseras de la madre de Abbie que pudo reconocer. Las de bisutería. No había podido venderlas. Encontraron también las llaves de la casa, que había escondido en el forro del bolso cuando llamaron a la puerta. Se la llevaron detenida y a Abbie le indicaron que el juzgado se podría en contacto con ella.

Se tiró en el sofá rendida. Entonces cayó en la cuenta de que su padre no había dado señales de vida. Lo llamó varias veces al móvil. No tuvo respuesta. Resignada enfiló la calle hacia el Mackenzie’s. Allí lo encontró, borracho y con una mujer de aspecto desgreñado y dudosos hábitos de higiene. No le dijo nada. Condujo hasta su casa y esperó a James sumergida en la bañera con música clásica y velas flotantes.