Abbie siempre se sintió perseguida por el espíritu de la escalera. Ese repugnante ser gris y frío la acosaba. Le impedía respirar. Cortaba su aliento y trababa sus palabras. Siempre lo había sentido ahí. Desde niña. La primera vez que lo recordaba fue en una competición de conjugar verbos franceses en primaria. Se habían reunido varias clases y las profesoras eligieron a sus primeros contendientes. Empezaron jugando fuerte y los escogidos resultaron ser los mejores de cada clase. Abbie era una de ellas, los otros fueron Matthew y Rose. La prueba consistía en elegir un verbo, un tiempo y una persona y preguntárselo a uno de los contendientes. Abbie comenzó la ronda. Coudre, coser, en primera persona del plural del imperfecto de subjuntivo. Para Matthew... No tardó mucho: cousissions. Enseguida fue a devolverle el golpe, pero no muy fuerte pues estaba colado por Abbie y no pretendía ganarle en la primera ronda y humillarla. Être, ser, en primera persona del singular del presente de subjuntivo. Abbie se quedó paralizada. Lo sabía. Tenía que saberlo. Su corazón aceleró. La boca, seca. El verbo entero pasó por su mente. El subjuntivo la esquivaba. Se le acababa el tiempo. Je... No. Empezaba a hiperventilar. Je... No. Sentía la opresión en el pecho. Je... No. El corazón golpeaba fuerte. Je... No. Tiempo.
Salió corriendo de la clase. Rota, humillada, se sentía ridícula. No quiso parar en los baños de la primera planta y corrió a las escaleras, pretendiendo salir al patio para recuperar el aliento perdido. A mitad de la escalera, la asaltó. Notó cómo el espíritu se abrió camino en su mente. Allí, donde no lo oiría nadie, terminó de hundirla. Abbie se detuvo. Se derrumbó en la escalera. La ansiedad irrumpió al fin. Respiración entrecortada. Ojos rojos. Dolor de cabeza. El espíritu seguía allí. Reía a carcajadas. Tonta. Lo sabías. ¿Por qué no lo dijiste? Habría estado bien ganar a Matthew. Impresionarle. Preguntarle por el verbo besar. Imperativo, segunda persona.
Abbie es lista, inteligente, culta, políglota, simpática e incluso guapa en cierto modo. Pero no es buena discutiendo. Siempre pierde. La dialéctica no está hecha para ella. Y no lo comprende. Si este energúmeno es un imbécil enumerador de falacias recién salido de una pocilga, ¿cómo puede ser que sea yo tan incapaz de responder a sus memeces con esa brillante ocurrencia que me vendrá a la cabeza nada más me aleje derrotada?
Los años pasaron y el espíritu siguió acosando a Abbie. No por ser un ente desprovisto de toda maldad, dejó de asustarla en las ocasiones más inconvenientes. Abbie no llegaba a sentir un verdadero miedo, sino un repentino agobio y cierta opresión en el pecho. El mal sabor de boca durante días e incluso semanas era un síntoma ineludible tras las visitas de tan enigmático ser.
Después de incontables encuentros y de haber estudiado a fondo a su extraño acompañante, Abbie sólo alcanzó a averiguar que no era la única anfitriona del espíritu de la escalera. Otros como ella habían padecido las apariciones en el transcurso de los siglos.
Una década pasó del primer encuentro que recordaba y Abbie se decidió a bautizar al espectro como Epimeteo. De hecho estaba segura de que se trataba del titán proscrito. Olvidado por la posteridad, eclipsado por su hermano y su esposa, ahora se dedicaba a acosar a Abbie.
Epimeteo, hijo de Jápeto y Clímene, tuvo el encargo divino de repartir diferentes dones a los animales de la creación. Ansioso por otorgar tales regalos, no pudo prever que se le agotarían antes de ofrecérselos al más preciado de ellos, el favorito de los dioses y al que había reservado para el final: el hombre. Así pues el género humano no recibió don alguno de Epimeteo, quien fue castigado por su falta de previsión y su poca lucidez al intentar enmendar la falta. Su hermano fue quien se enfrentó a Zeus, robó el fuego sagrado y lo dio al hombre. He ahí cómo Prometeo pasó a la historia mientras que Epimeteo quedó para el anonimato. Todavía anda deseando que un buitre le coma el hígado cada día, como a su hermano. Por lo menos sería consciente de que se acuerdan de él.
Abbie recordaba también a su célebre esposa; la primera esposa de todas, ya que hasta entonces sólo había hombres. ¿Cómo olvidar a la primera mujer mortal? ¿Cómo obviar la influencia de aquella a la que enviaron los dioses a sembrar discordia entre los hombres y sólo trajo amor y paz? Para Abbie, Pandora trocó su hado en su mayor virtud y su belleza y sensualidad han servido más para el bien, para el amor, que para la guerra. Ella era el castigo previsto para los hombres por conseguir el fuego sagrado. Aunque más tarde ha resultado ser una bendición, más que una penitencia. Además fue la más inteligente, al no dejar escapar la esperanza del ánfora.
Zeus la ofreció a Epimeteo y este no supo negarse. No supo decir no. No supo reaccionar como debía. No supo desafiar al atacente. La negativa a tomar a Pandora como esposa llegó cuando ya había dicho sí. Epimeteo desde entonces vaga como el espíritu de la escalera. Ese ser que te susurra la réplica hábil, jocosa e inteligente cuando ya no puedes darla. Ese fantasma que te ofrece el dardo sarcástico y mordaz para el enemigo en el preciso momento en que te has marchado con el rabo entre las piernas. Ese espectro que te muestra la respuesta cuando nadie recuerda la pregunta.
Nunca se ha separado de ella del todo. Aparece cuando sale corriendo de casa de su padre tras haber discutido con él. También lo hacía en clase, durante la universidad. En el trabajo la acosa tras hablar con su jefe.
Abbie todavía le pide a Epimeteo que se anticipe, a ver si un día la sorprende en el peldaño más alto.