Durante algunos años
después de la carrera
Abbie quería mejorar su nivel de español, de modo que se mudó
a Barcelona y encontró trabajo como agente de ventas en una compañía de
ascensores que exportaba principalmente a Inglaterra y a países del Magreb. En principio
fue seleccionada por ser nativa del principal mercado de la sociedad, pero como
también hablaba francés acabó llevando igualmente varios clientes de la costa
sur del Mediterráneo, entre ellos un cliente de Orán. Mas esa es otra historia.
Durante el mes de Ramadán
del año que Abbie pasó en la capital catalana, el señor Abdelkarim conctactó
con ella porque había conseguido un pedido de ocho ascensores. Se trataba de la
oficina general de vivienda de Orán. El trabajo consistía en desmontar viejos
ascensores que ya no estaban en servicio e instalar otros nuevos.
En primer lugar, Abbie se
sorprendió cuando supo que para viajar a Argelia era necesario un visado. Ella,
ciudadana del Imperio, estaba acostumbrada a traspasar cualquier frontera
enseñando su pasaporte británico. Sin embargo el gobierno argelino había
decidido hacer pasar a los europeos un calvario similar al que sufrían sus ciudadanos
pidiendo una gran cantidad de papeles, a todas luces innecesarios para otorgar
el ansiado pase para los pobrecitos hombres de negocios que rara vez se
asomaban por el país.
Perezosamente Abbie pidió a
su cliente la carta oficial de invitación a Argelia. No sabía que su cliente
tardaría más de dos semanas en redactar un estupendo memorando en el que no
sólo la invitaba a visitar el país sino que también enumeraba en francés y árabe
todas las posibles obras que iban a hacer juntas las dos compañías. Al informe
le acompañaban incluso las reservas en diferentes hoteles.
Abbie no sólo viajaría a
Argelia a visitar este cliente, sino que aprovecharía la visita para ver a
otros. Indudablemente el señor Abdelkarim no había pensado lo mismo y pretendía
acaparar a su proveedora. Después de dejarle claro que era necesario que en su
primer viaje al país se acercara a varias empresas más, Abbie reservó una
habitación en el hotel Ibis de Argel y anuló las reservas que había realizado
su cliente. Puesto que el señor Abdelkarim se encontraba en Orán, pero tenía
oficina en la capital, había acordado con él que un empleado suyo la recogiera
muy temprano en la mañana del miércoles, para luego devolverla a Argel ese
mismo día, de manera que al día siguiente pudiera continuar con las visitas
programadas.
El papeleo para el visado
incluyó no sólo la carta oficial de invitación, sino también las reservas del
hotel y los vuelos, un seguro de vida y de asistencia médica para toda la
duración del viaje, copias del pasaporte, fotografías, varios impresos de la
embajada e incluso una carta de su propia empresa explicando por qué era
necesario que viajara a Argelia.
Una vez obtenido el visado
y llegado el momento del viaje, Abbie tuvo su primer choque cultural real en
cuanto se encontró en el avión. Una vez hubo embarcado todo el pasaje, se
cerraron las puertas y comenzaron las consabidas y repetitivas consignas de
seguridad, observó como más de la mitad de los pasajeros se levantaban de sus
asientos y cogían su equipaje de mano. Por supuesto, cada uno de los pasajeros
llevaba más de un bulto y entre los diferentes grupos no era fácil ponerse de
acuerdo en quién cogía qué. Abbie nunca había presenciado tal comportamiento en
un avión. Los asistentes de vuelo, ignorando tal jaleo, seguían explicando cómo
ponerse el chaleco salvavidas. Ella pronto comprendió que lo que pretendían era
sentarse al lado de conocidos que viajaban en el mismo vuelo. Toda esta
redistribución del pasaje implicaba intrincadas negociaciones con otras
personas a las que hacían cambiar de asiento. El movimiento siguió durante todo
el rodaje del avión hacia la
pista. Y sólo acabó una vez que el comandante, acostumbrado a
tan extraño comportamiento, anunció que estaban en la cabecera esperando
autorización para el despegue.
Lamentablemente para Abbie
era un día de tormenta y el vuelo fue muy agitado. Una de las turbulencias fue
tan fuerte que todos los pasajeros contuvieron el aliento. No comió nada de las
bandejas que sirvieron los tripulantes de cabina porque el miedo le impedía
probar bocado. Pese a haber viajado en avión innumerables veces, no conseguía
relajarse durante los vuelos.
Llegados al aeropuerto de
Argel, la cola de pasaportes le resultó tediosa. En Europa se había
acostumbrado a que nadie le preguntara dónde iba ni a qué. Tampoco había
necesitado identificarse en ninguna frontera. La hora que estuvo esperando a
que un policía malhumorado la mirara de arriba abajo casi acabó con sus nervios
después del mal vuelo. Había llegado a pensar que, pese a tener el visado, no
le dejarían entrar en el país y que tendría que volver a Europa en el primer
avión posible. Sin embargo el oficial la dejó pasar, no sin antes someterla a
un pequeño interrogatorio. Todavía le esperaba aguardar la salida de su maleta
otra hora más y dirigirse al hotel.
A la salida se encontró con
Kamal, un cliente joven que se había empeñado en recogerla y llevarla al hotel.
Después de los nervios del vuelo, la frontera y al espera de las maletas, Abbie
no podía estar más agradecida. Por otro lado, le hacía sentir segura. Había
tenido la ocurrencia de leer las recomendaciones de viaje de los ministerios de
exteriores de España y Francia. Ambos informes afirmaban que Argelia era un
país inseguro, plagado de terroristas. Aconsejaban no tomar ni siquiera un taxi
y hacerse acompañar en todo momento por un conocido local.
En el camino al hotel, se
asombró porque en el trayecto de diez minutos desde el aeropuerto pasaron por
cuatro controles de policía. Adujo esta exageración a las proximidades del
aeropuerto y al 11-S. Sin embargo, quedó boquiabierta cuando llegó al hotel
Ibis, completamente cercado por alambre de espino, con una puerta guardada por
dos agentes de seguridad con rifles y parcialmente cerrada con un sistema
neumático que impedía el paso de los vehículos y grandes aparatos de hierro
destinados a reventar los neumáticos de cualquier alocado que intentara pasar
por allí sin el acuerdo de los guardias. Kamal paró el coche ante la puerta,
apagó las luces de cruce y encendió las del interior. Accionó la apertura del
capó y del maletero. Rápidamente los agentes abrieron estos compartimentos, los
inspeccionaron y acto seguido los dejaron pasar al recinto.
No acabó la noche para
Abbie. Había un problema con la reserva y amenazaban con dejarla fuera la noche
siguiente. Gracias a Kamal y a la insistencia de ella mostrando la confirmación
obtenida en la web, accedieron a alojarla hasta el final de la semana.
Durante los primeros días
en Argel, observó que los controles de policía eran una constante en la vida de
la capital. Siempre
en los mismos cruces, en las mismas rotondas, la gendarmería argelina obligaba
a los ciudadanos a reducir el paso de los vehículos, creando numerosos atascos.
Por la noche, era obligatorio, al igual que en el hotel, apagar las luces de
cruce y encender las interiores de manera que la policía pudiera ver a los
supuestos terroristas dentro de los coches. Al cabo de los días, Abbie acabó
haciéndose el cuerpo y llegó a bromear con los guardias del hotel: la bomba no
está en el maletero, dejad de mirar en el maletero porque la tengo yo en mi
bolso y no mires en el capó, que yo soy la bomba…
El día anterior a la visita
a Orán, Abbie acordó con el señor Abdelkarim que Moustafa, su chófer, la
recogería a las cinco de la mañana en el hotel. Una hora estuvo de pie frente
al hotel esperando. Hasta las seis de la mañana no llegó su transporte, después
de varias llamadas desesperadas.
Abbie estaba enfadada tras
la espera, tanto que no quería dirigirle la palabra al conductor. De todas
formas, había observado que no hablaba casi nada de francés. Pero al poco de
salir de Argel, tras diez controles, Moustafa cogió una salida en la autovía. Se vio
obligada a preguntarle el porqué de aquel desvío, a lo que se limitó a
contestarle: tomar café. Tan monumental era su cabreo que se negó a compartir
un café con él. Sin embargo, se dio cuenta de que varios tipos se acercaban al
chófer. Estuvo charlando con ellos un buen rato, incluso después de haber
terminado el café. Abbie supo después que eran primos suyos y que el verdadero
motivo de la parada, que se alargó durante media hora, era saludarlos. Hubo que
detenerse en otras dos ocasiones con el mismo motivo y Abbie llegó un tanto
harta y desesperada a Orán.
Tras recoger a Abdelkarim en su oficina, llegaron a
la primera de las obras: Cité Bruix. El edificio consistía en 15 plantas de
apartamentos de vivienda social sobre pilotes, con una explanada abierta y sin
asfaltar por debajo. Del edificio caía una gran cantidad de aguas fecales
procedentes de tuberías y bajantes rotos sobre un gran montón de desperdicios
acumulados tras el paso de los años. El hedor era insoportable cuando salieron
del coche. Subieron unas escaleras repletas de deshechos hacia la entrada al
edificio. Dentro del portal, también
había agua fecal cayendo desde el piso superior. Formaba grandes charcos
pestilentes que los vecinos evitaban pisar. Dentro del corredor oscuro, varios
comercios de alimentación con precarias luces eran los que iluminaban un poco
el paso. Abbie constató además la existencia de una habitación que daba al ojo
de patio, por donde los vecinos arrojaban la basura.
Sacó un cigarro en un desesperado intento por calmar
las ganas de vomitar. Por más que fumara, el olor del tabaco no camuflaba la
pestilencia emanada de tales efluvios. De los ocho ascensores que había en el
edificio, se reformarían cuatro. El único que todavía funcionaba, lo hacía con
un muchacho de unos catorce años haciendo las veces de ascensorista. Paraba
según le van gritando de los pisos. La cabina tenía un aspecto no menos
nauseabundo. Subieron al cuarto de máquinas para inspeccionarlo. Abbie tuvo la
acertada impresión de que servía tanto de trastero como de cuarto de baño,
visto el retrete repleto de orín y la bañera que había al lado, más otros enseres
de diversa procedencia. El foso de los ascensores estropeados hacía las veces
de estercolero y la basura se amontonaba hasta el segundo piso. En cuanto al
ascensor en servicio, el foso estaba repleto de agua procedente de las
filtraciones de los bajantes. Después de tomar las mediciones pertinentes lo
más rápido posible, Abbie se dirigió a la siguiente obra. El olor, en cambio la
siguió durante todo el día.
Cité Antinéa era un edificio de 21 plantas próximo a
la Corniche de Orán.
El ático pertenecía por entero al ministro de interiores
de Argelia, que lo utilizaba como residencia ocasional en verano. El presidente
de la comunidad era también el antiguo gobernador de Orán. Esto hacía que, pese
a la antigüedad del edificio y la idiosincrasia argelina, las instalaciones
comunes se hallaran en un estado un tanto más aceptable que en la Cité Bruix. Sin
embargo, la suciedad también hacía acto de presencia por doquier. Abbie al
menos pudo disfrutar de las maravillosas vistas de la ciudad desde la azotea
del edificio. Luego fueron a comer pescado cerca del puerto.
Después de comer, llevaron a Abbie a una gran
explanada sin asfaltar entre muchas casas donde los niños jugaban a la pelota. Abdelkarim
le enseñó una casa rosa de aspecto descuidado. Le dijo que ese iba a ser el
hotel donde pernoctaría. Pretendían que se quedara a dormir en Orán porque
ellos tenían más trabajo allí al día siguiente. No entendían por qué tenía que
volver a Argel para visitar a otras empresas, si ellos la habían tratado
estupendamente. Abbie se negó en rotundo a quedarse y pidió, si el chofer no la
podía llevar de vuelta, que la dejaran en la estación de tren. Tras media hora
de tensa espera y fuertes discusiones, decidieron devolverla a Argel.
No obstante antes decidieron tomar café con unos
amigos, para que Abbie pudiera conocerlos. Tras el café, observó horrorizada
que en vez de tomar la dirección de Argel se adentraban en la ciudad. Por lo visto,
el chofer Moustafa debía descansar antes de conducir de vuelta, por lo que se
dirigieron a la casa de uno de los amigos. A los presentes en el café se les
unieron otros cinco amigos más. Allí estuvieron viendo durante una hora una
telenovela muy famosa en el país y grabada en Turquía. Por lo poco que Abbie
pudo entender versaba sobre el conflicto palestino. Su desesperación iba en
aumento. Obviamente antes de salir definitivamente para Argel hubo que cenar
con más amigos que se fueron uniendo. Camino del restaurante ya formaban una
caravana de cuatro coches que iba recogiendo gente por doquier.
Después de una frugal cena cuya sobremesa se alargó
una eternidad, por fin Abbie y el chofer se despidieron del resto y
emprendieron el viaje de vuelta. Por el camino volvieron a detenerse a tomar
otros cafés con diferentes personajes, amigos o familiares de Moustafa, que
iban apareciendo en cada una de las paradas.
Abbie entró por la puerta del hotel destrozada. Subió
a su habitación y se duchó para borrar el olor nauseabundo que la había
acompañado durante el día. Se tumbó en la cama y rogó no tener que volver a Orán
con Abdelkarim y Moustafa nunca más.